La crisis histórica de la izquierda

En esta columna, el autor alerta que -para la izquierda- "sin diagnóstico, debate ni propuestas de cambio a la altura de la crisis, no habrá resistencia que valga frente al gobierno en funciones. Su caída, hemos dicho, no garantiza en absoluto el retorno de la izquierda. E incluso si ello llegase a ocurrir, probablemente por virtud de alguna candidatura telegénica".

Cristóbal Karle es sociólogo y cientista político. Académico de la Universidad de los Andes.

La izquierda chilena se encuentra en una crisis cuya profundidad no ha sido apenas, hasta el momento de escribir estas líneas, adecuadamente calibrada. La confusión palmaria en sus reacciones frente a la avanzada legislativa del oficialismo deja entrever una realidad inconfesable: el eventual fracaso del gobierno presidido por José Antonio Kast, entre chapucerías y dogmatismos, podría no significar siquiera el retorno de la alternancia en el sentido tradicional. Franco Parisi y Johannes Kaiser asoman en los flancos.

Nuestra izquierda, en tanto, se mantiene encajonada en sus lugares comunes habituales y, salvo honrosas excepciones, no ha siquiera esbozado una renovación de sus contenidos y formas de acción política, la cual parece ineludible ante la magnitud de la derrota sufrida en diciembre. Peor aún: la insistente monserga de la “máxima unidad de las fuerzas progresistas”, recientemente elevada como valor moral y estratégico absoluto entre las filas de la novel oposición, arroja un espeso manto de inconveniencia presunta sobre los debates internos que necesita con urgencia para despercudirse de sus monstruos.

Sin diagnóstico, debate ni propuestas de cambio a la altura de la crisis, no habrá resistencia que valga frente al gobierno en funciones. Su caída, hemos dicho, no garantiza en absoluto el retorno de la izquierda. E incluso si ello llegase a ocurrir, probablemente por virtud de alguna candidatura telegénica, no está en absoluto claro de qué se trataría el proyecto histórico que se pretende avanzar. Basta escuchar a sus voceros más estridentes, quienes, sin mayores herramientas intelectuales ni políticas, contaminan la discusión pública en la dudosa expectativa de pescar a río revuelto. La crisis de la izquierda es, como hemos dicho, demasiado profunda.

Veamos. Desde el afortunado abandono de la ortodoxia teleológica del marxismo decimonónico, la izquierda ha debido acostumbrarse a la derrota y al retroceso en sus objetivos políticos dentro de los márgenes que impone la democracia representativa. No hay, en este marco, novedad alguna en el hecho de perder simplemente alguna elección de vez en cuando. La historia avanza a tropezones, afirman incluso los más optimistas. Sin embargo, el tránsito de los últimos cinco años habla de algo más que una derrota propia de los ciclos electorales. Se trata de una crisis histórica, secular, epocal, en la cual confluyen elementos coyunturales y tendencias estructurales que llevaban algún tiempo larvadas: una crisis con, al menos, tres grandes dimensiones.

La crisis de la izquierda es, en su sentido más elemental, una crisis de legitimidad social y convocatoria electoral. Su expresión más patente es el resultado de las últimas elecciones presidenciales. Es necesario repetirlo: el resultado de la primera vuelta de 2025 es el peor desde que existe democracia de masas en Chile. Nunca antes las fuerzas del centro hacia la izquierda —todo lo que está a la izquierda del radicalismo y la Falange, digamos— habían sufrido un descalabro semejante. La candidatura única desde el PDC hasta el Partido Igualdad llegó apenas al 26% de los votos, y solamente la resilencia de algunas clientelas locales logró impedir que tamaño desastre se extendiera plenamente al Congreso. Haber aupado a un candidato que hasta hace poco tiempo habría sido considerado electoralmente inviable por su libertarianismo económico, su conservadurismo de raíz ultramontana y su pinochetismo impenitente, solamente vuelve más deprimente el análisis. El balotaje fue apenas un trámite.

Pero hay más. La derrota electoral de Jeannette Jara, por las condiciones bajo las cuales se produce, constituye también el fracaso de un proyecto específico de transformación social y política que se había vuelto hegemónico durante los años previos dentro del sector. El proyecto histórico de la nueva izquierda, de impugnación antisistema y reemplazo a la centroizquierda tradicional, no soportó las duras pruebas de la realidad y se descalabró con estrépito. No está claro cuánto queda de él, aunque no puede ser demasiado. Por otro lado, la citada centroizquierda se mantiene hace una década en estado vegetativo, neutralizada por la descomposición de sus burocracias y su deslegitimación pública. Así, la crisis de la izquierda es de representación social, pero también es política —e intelectual— en un sentido más amplio: no hay claridad sobre cuál es su rol en el momento histórico actual, más allá de oponerse a todo lo que representa la “ultraderecha”. Y como esta última también suele definirse a sí misma por oposición, el trágico resultado global es un debate político altamente insustancial y descompuesto.

Por último, hay una tercera crisis que se encuentra en la base de las anteriores. Es, quizás, la más importante de todas, aunque por ello también la menos visible y la más difícil de inteligir. Es una crisis que dice relación con las condiciones de posibilidad para el despliegue de un proyecto de izquierda tal y como se ha entendido tradicionalmente, y que requiere de una examinación más cuidadosa. Si el viejo Alain Touraine consideraba que la presencia de actores sociales consistentes, organizados y dispuestos a movilizarse era un requisito esencial para la continuidad de una democracia estable, tales condiciones parecen aún más indispensables en el caso de la izquierda. ¿Cómo pensar siquiera en una transformación radical del sistema bajo un paisaje signado por la atomización, la individuación y la desarticulación de las fuerzas sociales? Las tendencias estructurales de la modernidad tardía parecen adversas a cualquier tipo de reforma o revolución en una dirección socializante. Quizás por ello un amplio segmento de la izquierda se ha entregado ya a los demonios del hedonismo, el nihilismo y la autoexpresión.

Es posible que todo lo anterior sea irreversible. O quizás no. Para descubrirlo hará falta, antes que cualquier otra cosa, abrir un debate sin el cual será imposible una renovación —que habría de ser “rescate y renovación”, como se decía hace medio siglo— que permita darle alas a un proyecto de sociedad fuera de la escuálida oferta actual. De ello depende el futuro de la izquierda, y también el porvenir de nuestra democracia.

*Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen únicamente a su autor y no representan necesariamente la visión editorial ni la posición institucional de Fast Check CL.

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